EDUCACIÓN Y SENSATEZ

La educación, al menos desde que el gran pedagogo Sócrates intentara alcanzar la sabiduría provocando partos entre sus discípulos y detractores, siempre se ha producido por la interacción entre los seres humanos, por el encuentro del sabio con el ignorante, del instruido con el inculto, del versado con el iletrado, o, en resumen, del maestro con el alumno.

Mostrando entradas con la etiqueta Pensamiento. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Pensamiento. Mostrar todas las entradas

lunes, 31 de diciembre de 2018

ADAPTARSE A LOS TIEMPOS



El blog cumple tres años. En los últimos meses no había escrito nada. La verdad es que no es por falta de ideas. Ni por falta de tiempo. Ni siquiera por falta de ilusión. Los motivos son otros, y no es mi intención explicarlos. Es probable que dentro de un tiempo (largo o breve, no sé) vuelva a escribir. En todo caso, hoy me apetecía escribir algo, no necesariamente para mantener las constantes vitales del blog. Sólo me apetecía. Así que dejaré una reflexión antes de fin de año. 

Nos repiten machaconamente que hay que adaptarse a los tiempos. Como en nuestra época todo es rápido, fugaz, volátil o superficial, parece que para adaptarse a los tiempos hay que estar saliendo de la “zona de confort” a cada minuto, hay que cambiar las metodologías porque en un solo curso escolar se tornan obsoletas, hay que conocer y adaptarse a cada una de las novedades, es de vital importancia estar enterado al minuto de todo lo que ocurre en la otra punta del planeta, renovarse una y otra vez, vivir frenéticamente,… 

Sin embargo, aunque considero buenos tanto el cambio como la capacidad de adaptación, hay que matizar. Y mucho. Creo que cada época tiene sus puntos fuertes y sus puntos débiles. Sus virtudes y sus defectos. Y también considero que una “buena adaptación” requiere de una profunda reflexión…  Y esa “malsana” prisa del mundo actual que pretende que estemos siempre en la cresta de la ola, creo que en realidad es lo que impide toda adaptación. Creo que es uno de los defectos de esta época... Porque el cambio es bueno, pero creo que el cambio constante es destructivo. Ese cambio constante impide la reflexión. Impide la observación. Impide el crecimiento. Impide la creación de algo estable… Todos sabemos que ante un cambio importante, un niño sufre consecuencias. Ahora imaginemos el comportamiento de un niño cambiando cada seis meses de vivienda… Quizá el exceso de cambio no sea tan bueno. Quizá hay que dejar de hablar del cambio y empezar a hablar de “estabilidad”. Estoy con Chesterton, ese autor que tantos citan pero tan pocos han leído…: “El niño necesita conocer las cosas que son fijas, no las que están cambiando: debemos enseñarle la belleza y no la moda”… Porque la vida misma es voluble. Y si el niño no ha asentado una base sólida, la corriente se lo llevará tarde o temprano. Ocurre en todos los ámbitos de la vida.

Porque creo que todo ser humano busca estabilidad. Y también creo que madurar comporta caer en la cuenta de la inestabilidad de nuestra existencia. A veces ese “caer en la cuenta” es traumático. Y precisamente, cuanto más frágiles nos descubrimos, más necesidad tenemos que aferrarnos a algo estable. Y con más intensidad lo buscamos. ¿Y cuál es el momento de mayor fragilidad del ser humano, la etapa que más necesidad tiene de estabilidad? Creo que es la infancia y juventud, esos momentos de maduración y de crecimiento por excelencia. Esas etapas que requieren de referencias y de referentes. Así que, en vez de fomentar el cambio y la continua adaptación, o en vez de pretender sacar continuamente a los niños de esa “zona de confort” tan poco definida, como predica la sacrosanta pedagogía competencial, quizá lo que debamos hacer sea exactamente lo contrario… Porque, queramos o no, el cambio siempre llega. Es ley de vida. Así que, ¿para qué afanarnos en buscarlo y adorarlo?

Ya hace unos cuantos siglos, se confrontaron las ideas de un par de tipos. Se llamaban Heráclito y Parménides. Para el primero, toda la realidad cognoscible era movimiento. Para el segundo, el verdadero conocimiento debía ser estable y sin fisuras, por lo que el movimiento no era más que “apariencia” de realidad. Eso es lo que se llama “extremos”. Y cabe señalar que la gran mayoría de los antiguos filósofos no se encontraba en ningún extremo: buscaban aquello que era estable dentro del movimiento. La reflexión viene de lejos… Aunque sólo añadiré una observación sobre los extremos: si se acepta como punto de partida (o como conclusión) que todo es movimiento e inestabilidad, jamás se buscará aquello que “permanece” al cambio. Así que resultará imposible construir algo. La reflexión en sí misma sería absurda.

Hace poco me escribió un antiguo alumno de cierto colegio que no deseo nombrar. Decidió dedicarse a la docencia. Y no le gusta demasiado lo que ve. Será que, aunque se ha formado en el siglo XXI, nació en el siglo XX y no se ha adaptado a los cambios… Con su permiso, reproduzco uno de los párrafos que me escribió: "cuando fui a [...] para salvar los libros de latín y griego que todavía se encontraban en la biblioteca, hallé un curioso libro titulado Los charlatanes de la nueva pedagogía que ataca de manera magistral y en sus fundamentos filosóficos e históricos la estupideces de los pedagogos actuales. El autor es un tal Lucien Morin. Parece ser que la última vez que a alguien se le ocurrió sacar este libro de la biblioteca fue en 1980. No es de extrañar que con el tiempo se haya llenado inevitablemente el colegio de charlatanes". 

Debe ser por eso que los charlatanes niegan el valor del conocimiento (es de lo que carecen) y debe ser por ello que temen a quienes lo poseen. Porque el que no tiene fundamento o se niega a buscarlo es un ser superficial. Y cualquier persona superficial, fácilmente se convierte en un charlatán. Para el charlatán, cualquier idea que “brille” es buena. Pero si hace suya “esa” idea, fácilmente se convertirá en un fundamentalista, pues al no tener ninguna más, la adorará. Incluso llegará a creer que es propia. Y si se juntan unos pocos charlatanes que comparten la misma idea… Es probable que el charlatán actúe de forma inmoral para imponer “su” idea, pues desde que decidió adorar al dios del cambio, el fin justifica los medios. Y como es incapaz de argumentar su postura, no le queda más remedio que eliminar a quien considera un oponente. Y como el charlatán es de por sí astuto, acostumbrado como está a aparentar… 

En general, creo que los fundamentalistas triunfan a menudo. Pero con el paso del tiempo, llegará el descubrimiento de la mentira... Tarde o temprano, cualquier charlatán es descubierto, cual “falso profeta”. Porque “ese tipo” de ideas suelen producir lo contrario de lo que prometen… No tienen recorrido porque carecen de fundamento. Y los efectos secundarios pueden ser destructivos. Porque muchas veces se descubre que ese “adaptarse al cambio” ha removido hasta los principios más sólidos que tenían esas instituciones que se pusieron en manos de charlatanes… Y si alguien pensaba que el problema ha desaparecido con “el charlatán” de turno, poco tarda en descubrir que los problemas más serios están por llegar. Porque cuando el charlatán se va, la devastación ya se ha producido. Y se pone de manifiesto el verdadero drama... 

Creo que este principio sigue siendo válido universalmente: para emprender cualquier cambio, es necesario poner los cimientos.
Feliz año nuevo.

martes, 24 de julio de 2018

Pedagogía, ciencia y métodos




Hay quienes discuten si la pedagogía es una ciencia o no. Yo me posiciono a favor del sí. Por un simple motivo: si reclamo resultados y evidencias cuando me intentan vender un método pedagógico, le estoy reclamando a esa pedagogía algo que sólo el resultado de un estudio científico me puede ofrecer. Le estoy reclamando resultados y evidencias… Y si considero que la pedagogía es una ciencia, a todo aquel que no muestre evidencias, resultados o argumentaciones lógicas y sólidas, puedo decirle que hace de la pedagogía una pseudo ciencia, algo que no podría afirmar si antes no la considerase ciencia… 

La palabra “ciencia” implica que existe un “objeto de estudio” cuyo fin es ser conocido en sus causas y por sus causas. Así que, al hablar de la pedagogía como ciencia, el principal enemigo de la pedagogía (como de cualquier ciencia) es la ignorancia (y no las “emociones negativas”, por ejemplo…). Y tampoco podemos dejar de lado que, en la búsqueda de ese saber, hay verdades y falsedades. Y las verdades se sustentan en evidencias, resultados, argumentaciones sólidas,…

Sigo pensando que la enseñanza y, sobre todo, la educación, es una cuestión esencialmente de personas, no de métodos. Y creo que esa realidad está por encima de cualquier método. Así que pocas veces le he dado especial importancia a los métodos, es decir, a la pedagogía como ciencia. Sin embargo, llegados a este punto no nos queda más remedio que afirmar que existen métodos fraudulentos. Puesto que la mayoría de las cuestiones jamás son absolutas, es necesario decir que ciertos métodos pueden ser aplicables en determinados contextos, pero no en otros. Es decir: algunos no son universales. No es este el objetivo de este artículo, así que no me extenderé. En todo caso, vayamos a lo esencial: muchos métodos se basan en afirmaciones pseudo científicas o reduccionistas. Creo que así son la mayoría de los que se venden hoy en día. Y curiosamente, muchos de esos métodos fraudulentos se nos presentan con el “aval de la ciencia”. Últimamente, se apela a la neurociencia, incluso para intentar vendernos neuromitos, los mismos de siempre, como verdaderos… 

Todo lo dicho hasta ahora tiene muchas implicaciones. La primera: creo que aplicar un método fraudulento no convierte a nadie en mal profesor. Es más, creo que un buen profesor puede lograr enseñar mediante un método fraudulento. Pues sigo convencido de que quien transmite es el profesor, no el método. Pero sí me gustaría incidir en que lo más lógico es que un método fraudulento es susceptible de dañar al aprendizaje de los alumnos. E incluso a los alumnos como personas, independientemente de las buenas intenciones de quien lo use... Y a ciertas edades, el daño puede ser difícilmente reparable.

Por otro lado, creo que usar o haber usado uno o varios métodos pedagógicos fraudulentos tampoco convierte a nadie en mala persona. Pero me gustaría incidir en la responsabilidad personal (y moral) de los profesores al usar o defender un método, pues somos quienes usamos los métodos. Y, sobre todo, en la responsabilidad de quienes los promueven, ya sean gurús o directivos de colegio, cuya responsabilidad es inmensa. Porque todos podemos equivocarnos o dejarnos llevar por lo que brilla. Pero si se descubre y se denuncia la falsedad de un método y un colegio se da cuenta de que se había equivocado, sólo se me ocurre una posible actuación: Dar la cara, informar con claridad, rectificar y no tener miedo a la verdad. Y reparar (o compensar) los posibles males cometidos con el atropello pedagógico, que muchas veces van más allá de la simple pedagogía… Sería estúpido persistir en el error. Algunos persisten un tiempo por cuestiones de marketing o de contratos, esperando el momento adecuado para “rectificar sin que se note mucho”, o porque consideran que “su institución” no puede mancharse con el error. Posiblemente sea la actitud que más daño hace a la educación es la siguiente: intentar ocultar y disimular el error cometido, o no dar importancia a eso que se hizo mal para “no parecer que hemos metido la pata”, o buscar “chivos expiatorios”, “teorías de la conspiración”, o directamente mentir para salvar las apariencias porque en el fondo “estamos dando un nuevo rumbo a nuestro proyecto pedagógico”. En todo caso, creo tan sólo la primera actitud comentada puede ayudar a combatir el uso pseudocientífico que tantos hacen de la pedagogía. 

Creo que dedicarse a la enseñanza exige esmerarse en conocer la fiabilidad los métodos que se usan. O de aquellos métodos que nos obligan a usar: porque un profesor tiene el derecho a usar los métodos que crea convenientes más allá de lo que le “ordene” la empresa. Creo que es nuestra obligación combatir la ignorancia y la “pseudociencia” en la pedagogía: es uno de los grandes males de la enseñanza. Y los profesores debemos procurar informarnos y profundizar. Porque el problema de las pedagogías fraudulentas es que todo ello lo padecerán los alumnos. Y lo peor es que la mayoría de las veces, padecen esos efectos a la larga, razón por la que resulta más difícil diagnosticar las causas y hallar soluciones factibles.

martes, 26 de junio de 2018

“Tus alumnos te recordarán por ser quien eres”



“Tus alumnos te recordarán por ser quien eres, no por lo que sabes”. He leído cientos de veces esta frase. Es una de esas “frases hechas” que aparecen de forma recurrente en las redes sociales. No criticaré la frase en cuestión, pues creo que es verdadera. Lo que me preocupa es que esa frase se usa como un eslogan para desprestigiar el conocimiento. Como tantos y tantos pensamientos efímeros que pueblan las redes sociales. Desgranemos el sentido de la frase… 

Creo que “ser buena persona” o “gustar a los alumnos” no está reñido con “saber mucho”, imagino que todos estaremos de acuerdo. Sin embargo, creo que si un profesor no conoce mucho lo que enseña, da igual lo buena persona que sea, pues difícilmente logrará enseñar lo que no sabe... Y, en ese caso, mejor que se dedique a otra cosa. Porque un profesor que no enseña es un fraude para los padres que depositan en él la confianza. Y para los alumnos. Y, además, es un lastre para los compañeros de trabajo… Y es que no pasa nada por decir que la primera cualidad del profesor es que conoce y ama su materia. Además, cualquier profesor que intenta trabajar con profesionalidad es buen profesor, pues ya es honesto. Y creo que ser un buen profesor predispone a ese buen profesor a ser una  persona mejor, pues cualquier persona que procura realizar con profesionalidad y honestidad su trabajo, está siendo una buena persona, aunque no sea empática... Pero como hoy en día nos venden que el profesor tiene que “parecer” un tipo “guay”, “molón”, y que debe aunar en sí mismo todas las cualidades de la perfecta “inteligencia emocional” (todo eso de “asertivo-empático-simpático”,…), no parece que lo esencial, que es enseñar, sea importante… A todos los que empiezan a dar clase me gustaría decirles: que no os engañen, intentar “gustar” a los alumnos es una malísima estrategia para ser profesor, la peor posible… 

He repetido varias veces en este blog que la principal misión de un profesor es enseñar. Y se enseñan unos contenidos, es decir, unos conocimientos. Afirmar eso no es “ser un insensible” ni implica “despreciar las emociones” de nadie. Tampoco implica ser un “perezoso que no quiere salir de su zona de confort”, ni nada por el estilo. Tampoco es ser “mala persona”, en ningún sentido del término, ni un devorador de las emociones de los niños... Pensar de ese modo no está de moda y está desprestigiado: ese es el único problema de ser profesor y defender el conocimiento. Porque humildemente, considero que es de elemental sentido común afirmar que la primera misión de un profesor consiste en enseñar… Pero, como decía, poner el foco en los “contenidos” y “conocimientos” no implica “despreciar” a la persona a la que se enseña. Más bien implica lo contrario.

Y, para seguir profundizando, también he escrito cientos de veces lo siguiente: considero que todo profesor tiene que ser consciente de que es un modelo para sus alumnos. Es decir, que educa con su presencia en el aula, por el simple hecho de ser profesor. Educa incluso aunque no haya planificado ningún apartado en su asignatura sobre educación emocional ni haya concretado los valores que quiere transmitir por medio de lo que enseña… Educa “sin querer”. Porque, sea o no consciente de que es un modelo para los alumnos, el profesor lo es. Sin embargo, no creo que el profesor deba buscar “ser un modelo”. De hecho, creo que tampoco debe buscar “ser amado”, ni “venerado”, ni “llevarse super bien con los alumnos”, ni simplemente ser “recordado” por sus alumnos. Si ocurre todo eso, fantástico. Pero si no ocurre, igualmente fantástico. 

Y creo que es aquí donde hay que contextualizar la frase con la que he empezado este post: se puede planificar qué y cómo enseñar. Pero, para bien o para mal, las convicciones morales o personales no se planifican: se viven, si es que se tienen... Y si no se tienen, no se viven. Y si no se viven, resulta imposible transmitirlas… Es decir: el profesor transmite unos conocimientos. Pero su responsabilidad es tan grande, que también transmite unos principios, valores y convicciones. Sin embargo, y para que nos entendamos, cuanto menos piensa en esos valores, principios y convicciones, con más fuerza los transmite. Pues los principios, valores y convicciones se transmiten con la propia vida, con la vida de cada persona con nombre y apellidos, no por medio de los métodos, ni de los contenidos, ni de las instituciones, ni de los planes educativos o formativos, ni de los discursos, ni de los valores,... 

Así que, en conclusión, creo que ser recordado es algo que generalmente llega después del trabajo bien hecho. Aunque es bueno saber que muchas veces, tras el trabajo bien hecho jamás llega el reconocimiento… Pero llegue o no llegue, el profesor que trabaja bien ya ha cumplido con el cometido de ser un buen modelo para sus alumnos. Porque un profesor que se centra en enseñar su materia lo mejor posible, pondrá todos los medios para intentar ser justo, sincero, trabajador, puntual, honesto, ordenado,… Pondrá sus conocimientos al servicio de sus alumnos y se esmerará en preparar las clases, y en pensar el mejor modo de transmitir lo que desea enseñar, aunque se equivoque mil veces. Incluso innovará sin plantearse que está innovando… Y es probable que una personalidad así genere confianza en las personas a quienes honestamente intenta enseñar. Es decir,  transmitirá lo que vive sin necesidad de llenarse la boca con los sobrevalorados valores… Y entonces estará en disposición de ayudar también personalmente (desde su condición de profesor) a quienes se le acerquen. Y así es como se forja un modelo de conducta que no busca “gustar” ni ser aplaudido: por medio de la profesionalidad y de la excelencia (y coherencia) personal, no del buenrollismo narcisista…

Porque estoy de acuerdo: “Tus alumnos te recordarán por ser quien eres”. Sin embargo, creo que esta frase, expresada así, no necesita ningún añadido ni matiz: ya está completa.

martes, 20 de marzo de 2018

Los extremos pedagógicos y el término medio...



En los últimos años se han creado muchos debates en torno a la educación. En la mayoría de los debates parece que se enfrenten dos extremos opuestos e irreconciliables. Parece que nos obliguen a “tomar partido” por alguna opción particular...  Creo que la mayoría de esos debates son falsos. No sólo considero que son falsos, sino que también intuyo que se han creado artificialmente. Y me atrevo a decir que en ese tipo de debates tan sólo existe un extremo…

¿Cómo surgen los extremos? Creo que cuando alguien quiere vender un producto o sacar algún beneficio, lleva todo a los extremos. Porque cuando los extremos se han fijado, ya no es posible el debate: tan sólo se puede elegir una opción. Y el extremo que quiso venderse desde el principio se acaba imponiendo. Y se impone por un motivo muy simple: porque “el otro extremo” jamás existió. Ese “otro extremo” suele ser un “estereotipo”. Es decir: el extremo que quiso venderse “creó” a un falso extremo contrario y lo convirtió en un “enemigo imaginario”. Por tanto, el siguiente paso es vender al mundo que en “ese otro extremo” están los malos. Y de ese modo, los que desean venderse pueden mostrarse como “los buenos”, aunque no lo digan... En realidad, se trata de una estrategia muy común en muchos ámbitos de la vida. Y se ha repetido a lo largo de la historia. La novedad es que está ocurriendo en la educación desde hace unos cuantos años.

¿Cómo logra “el extremo de moda” (ese que quiso venderse) crear a su “enemigo imaginario”? Muy fácil: une su teoría o producto a cualquiera de los principios “políticamente correctos” que todo el mundo (o la opinión pública) considera como valiosos. Véase, por ejemplo, “innovación”, “novedad”, “valores”, “emociones”, “creatividad”,… De ese modo, cuando pensamos en uno de estos términos, enseguida lo asociamos con la teoría o producto en cuestión. En el mundo educativo, por ejemplo, hablar de “creatividad” conllevar demasiadas veces pensar en “sir Ken Robinson” y su producto. Aunque la idea que ofrece sir Ken sobre la creatividad sea en realidad un simplismo reduccionista… Porque, cuando empiezan las críticas, el extremo que desea venderse se dedica a “encasillar” en el otro extremo a todas las opiniones que parezcan críticas con su producto... Por ejemplo, si alguien se cree y defiende que la “flipped classroom” es lo innovador, por ejemplo, encasillará a todo aquel que critique cualquier aspecto de las “flipped classroom” como “enemigo de la innovación”. Tal cual, aunque el “supuesto enemigo” sea más innovador que él. Y ya no hay necesidad de argumentar a favor del producto que se quiere vender: se vende solo…

De ese modo, se le asigna a las opiniones contrarias un nombre que el hombre posmoderno aborrezca. En el mundo educativo, por ejemplo, basta con llamar a alguien “tradicional”. Da igual si es o no “tradicional”. Da igual si defiende o no la denostada y mal denominada “escuela tradicional”. Incluso da igual si lo que dice está avalado por la evidencia. Se le encasilla y ya está: un enemigo menos. Por ejemplo, un extremo pedagógico imperante afirma falsamente que “la clase magistral no es buena porque promueve el aprendizaje pasivo”. Pensemos que gracias a esa afirmación se han vendido muchos métodos fraudulentos en las aulas… Así que todo el que diga algo bueno de la clase magistral (o sobre la instrucción directa en general) es el enemigo. Y punto. De hecho, estamos en un momento en el que decir algo bueno de la “clase magistral” equivale a ser el más terrible de los profesores abominables… Así pues, cualquiera que muestre “aires de disidencia” contra los extremos de la “pedagogía imperante” (o del extremo que se ha impuesto) es el candidato ideal para estar en “el otro extremo”… Y así, el extremo que quiso vender su producto le “pone cara” a ese “enemigo imaginario” y lo convierte en “chivo expiatorio”. Si alguien cree que exagero, no tengo el menor problema en poner ejemplos reales y concretos de cómo esto ocurre en el mundo educativo. 

Sí, el mundo educativo está lleno de extremistas. Pero es importante entender que el extremista no es “el que vende” el producto. Ni tampoco el que tiene intereses particulares y usa a la educación según esos intereses... Crear un extremo por interés no es ser extremista. Básicamente se puede convertir en extremista “el que compra” sin procurar discernir. O el que se deja deslumbrar por el gurú de turno o por el producto milagroso del momento. Es susceptible de ser extremista el que convierte a su colegio (o a su aula) en el paradigma de lo nuevo, de lo que brilla, de la moda pasajera,... Y ya considero que es extremista el que defiende a capa y espada esas modas pero sin argumentar ni aceptar crítica alguna. De hecho, el prosélito que compra el producto tiende a entregarse al método con fe ciega. ¡Es que muchos se lo creen de verdad! Y el extremista tiene todos los números para convertirse en fundamentalista. Y estoy seguro de que muchos de quienes actúan de ese modo tienen buenas intenciones. Pero las buenas intenciones sin discernimiento suelen convertirse en las peores pesadillas… Las buenas intenciones y la ignorancia han producido demasiados desastres. 

Quienes crean los extremos y sacan beneficio de ello son poquísimos. Aumentan los que “compran el producto sin pensar”, aunque no creo que haya demasiados extremistas o fundamentalistas entre ellos, pero los hay... Sin embargo, la realidad es mucho más rica que los extremos: hay muchos matices e innumerables puntos de vista. Pero sí que me gustaría señalar una práctica “perversa” que se da entre esos extremos ficticios. A mi entender es peor que cualquier extremo. Se trata de ese amplio grupo de personas que proclama aquello de que “todo es cuestión de término medio”... No es que defiendan un término medio, es que la mayoría no creo que sepan de qué están hablando. El pobre Aristóteles debe estar dándose cabezazos contra la pared al comprobar cómo, una y otra vez, se saca de contexto su definición de virtud para justificar la mediocridad… Veamos: quienes no tienen convicciones ni criterios formados pero tampoco gustan del extremismo, tienden a opinar alegremente intentando contentar a todos. Y para eso, es recurrente usar de forma equivocada el concepto del “término medio”. Porque muchos de quienes hablan del “término medio”, en realidad quieren decir “consenso”. A veces lo llaman “equilibrio”. Nada que ver con la definición de Aristóteles... Es como intentar decir “todos tienen razón” para no mojarse, porque creo que esa actitud tan sólo busca contentar a todo el mundo. Además, situarse en ese falso “término medio” ecuánime otorga apariencia de sabiduría. Es la actitud de muchos de quienes no saben. Pero tampoco quieren saber ni les importa conocer, aunque delante de los demás tienen que aparentar saber…

Es fácil detectar a los defensores del falso “término medio”: si uno les pregunta, jamás serán capaces de concretar en qué consiste ese “término medio” del que hablan. Dirán vaguedades o pondrán ejemplos concretos que no aclaren nada. Eso sí, lo dirán con mucha seguridad... Pero poco más. Si uno les aprieta, dirán generalidades. Si se les insiste más, justificarán el “término medio” con frases recurrentes: “la ciencia ha demostrado”, “dijo un catedrático en una conferencia”, “dicen los expertos”, “vi un reportaje sobre Finlandia”,… Quizá el defensor del término medio hable de “ese libro” que leyó (en realidad sólo leyó “ese”) y parafrasea sus ideas: por ejemplo, es habitual haber leído a Richard Gerver y considerarse un experto en educación al repetir sus “tópicos”… Pero si se les aprieta demasiado, la solución de quienes defienden ese falso “término medio” es rebelarse y “encasillar” como extremista a quien desea de ellos una respuesta. Y se quedan tan anchos en su indeterminación. Pero jamás concretarán ningún “término medio” a pesar de defender ese supuesto “término medio”. Porque concretar equivale a “mojarse”. Y si te “mojas”, te colocan en un extremo. Y si te colocan en un extremo, ya no hay “consenso” posible: uno queda señalado... De ahí esa cómoda, cobarde y pusilánime postura del falso “término medio”… A diferencia del extremismo, esta postura está extendida y es compartida por muchos. Y me preocupa más que el extremismo, pues equivale a un conformismo ignorante que no se considera ignorante... 

Porque quizá el problema del fundamentalismo pedagógico no sean esos pocos vendedores de humo ni esos pocos extremistas o fundamentalistas. Si nadie les siguiera el juego, no habría fundamentalismo. Y si no se diera ese fenómeno parasitario del “término medio”… Si más gente se atreviera a gritar que el emperador va desnudo, acabaríamos de un plumazo con tanta tontería. Quizá el problema de que ciertos fundamentalismos pedagógicos hayan triunfado en muchos lugares sea ese: que nadie se atreve a decir lo que todos ven... O quizá no todos lo ven. Reconozco que resulta difícil darse cuenta de algunas cosas, más cuando uno está inmerso en la vorágine del “día a día”. Así que quizá el problema sea que nos hemos acostumbrado a mirar las sombras de la caverna. Quizá el problema sea que tenemos miedo a que la luz del sol nos deslumbre. O quizá sea el miedo a que el “rebaño” nos rechace si nuestra opinión no concuerda con la mayoritaria. Para quienes viven con miedo, la opción fácil es optar por ese cobarde “término medio”… Quizá el problema sea que cada uno de nosotros creemos tener ideas propias cuando, en realidad, sólo seguimos a otros como si fuéramos borregos…

No me importa admitirlo: yo también he sido forofo de unas cuantas estupideces. Me alegro de no haber tenido cargos de responsabilidad en los momentos de ofuscación fundamentalista… Y admito que he llegado a defender incluso estupideces pedagógicas de las que tanto critico. Al menos las defendí hasta que me percaté de que eran una estupidez. Porque irse a los extremos es muy humano, y creo que todos tenemos alguna experiencia personal de ello. Es propio de las épocas de inmadurez. De hecho, durante la adolescencia tenemos la tendencia de movernos hacia los extremos. Creo que ocurre en diversos momentos de la vida, como cuando uno piensa que “ya domino” pero en realidad ha dedicado poco tiempo a la materia como para dominar. Pero llega una edad en la que toca madurar. O se supone que hemos madurado... Teóricamente, porque hay demasiado infantilismo en el mundo educativo. Quizá todos los problemas de la educación se reduzcan a un problema de madurez generalizado…

Creo que lo realmente malo no es el error, sino la ofuscación. Creo que el ser humano, cada uno de nosotros, tiene la obligación y la responsabilidad de intentar discernir qué es lo que funciona y lo que no funciona en sus ocupaciones habituales. Porque vender un método que no funciona es engañar a las personas que uno tiene delante, y la mentira es algo muy feo. Creo que es una obligación personal informarse (y formarse) cuando uno se dedica a ello. Y también es una obligación reconocer el error y reparar. Aunque iré más lejos: saber que algo no funciona y callar es más feo todavía. Y rajar del jefe fundamentalista a su espalda mientras se le sonríe a la cara, y a su vez callar ante padres y alumnos a sabiendas de que el método no funciona, ya ni os cuento: todo eso equivale además a engañarse a sí mismo, algo más feo todavía... Y no sigo.

Porque, para concluir, creo que es necesario ser honesto. Y especialmente los profesores tenemos que procurar ser honestos: nuestra responsabilidad es muy grande. Pero no hace falta firmar un código deontológico ni hacer un juramento hipocrático. Basta con formarse, leer, pensar las cosas, discernir antes de decidir, comprobar si es necesario, rectificar dando la cara si no vimos antes el error,... Creo que todo ello es una responsabilidad personal. Son actividades humanas “de siempre”, actividades “mentales” de corte “intelectual”. Por mal que suenen en nuestro mundo posmoderno, esas actividades se resumen en “cultivarse” o “adquirir criterio”. Creo que nunca será honesto quien no se esfuerza en adquirir un criterio fundamentando en el conocimiento que es de su competencia. Sin “criterio” ni “conocimiento”, quizá alguien llegue a ser “auténtico”. Pero será una autenticidad fraudulenta. Y, por tanto, deshonesta. Aunque las intenciones sean las mejores. 

En definitiva, para que todos lo entiendan, lo resumiré de la forma más simple: para no caer en los extremos basta con buscar honestamente la verdad, una obligación de todo ser humano.