EDUCACIÓN Y SENSATEZ

La educación, al menos desde que el gran pedagogo Sócrates intentara alcanzar la sabiduría provocando partos entre sus discípulos y detractores, siempre se ha producido por la interacción entre los seres humanos, por el encuentro del sabio con el ignorante, del instruido con el inculto, del versado con el iletrado, o, en resumen, del maestro con el alumno.

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lunes, 31 de diciembre de 2018

ADAPTARSE A LOS TIEMPOS



El blog cumple tres años. En los últimos meses no había escrito nada. La verdad es que no es por falta de ideas. Ni por falta de tiempo. Ni siquiera por falta de ilusión. Los motivos son otros, y no es mi intención explicarlos. Es probable que dentro de un tiempo (largo o breve, no sé) vuelva a escribir. En todo caso, hoy me apetecía escribir algo, no necesariamente para mantener las constantes vitales del blog. Sólo me apetecía. Así que dejaré una reflexión antes de fin de año. 

Nos repiten machaconamente que hay que adaptarse a los tiempos. Como en nuestra época todo es rápido, fugaz, volátil o superficial, parece que para adaptarse a los tiempos hay que estar saliendo de la “zona de confort” a cada minuto, hay que cambiar las metodologías porque en un solo curso escolar se tornan obsoletas, hay que conocer y adaptarse a cada una de las novedades, es de vital importancia estar enterado al minuto de todo lo que ocurre en la otra punta del planeta, renovarse una y otra vez, vivir frenéticamente,… 

Sin embargo, aunque considero buenos tanto el cambio como la capacidad de adaptación, hay que matizar. Y mucho. Creo que cada época tiene sus puntos fuertes y sus puntos débiles. Sus virtudes y sus defectos. Y también considero que una “buena adaptación” requiere de una profunda reflexión…  Y esa “malsana” prisa del mundo actual que pretende que estemos siempre en la cresta de la ola, creo que en realidad es lo que impide toda adaptación. Creo que es uno de los defectos de esta época... Porque el cambio es bueno, pero creo que el cambio constante es destructivo. Ese cambio constante impide la reflexión. Impide la observación. Impide el crecimiento. Impide la creación de algo estable… Todos sabemos que ante un cambio importante, un niño sufre consecuencias. Ahora imaginemos el comportamiento de un niño cambiando cada seis meses de vivienda… Quizá el exceso de cambio no sea tan bueno. Quizá hay que dejar de hablar del cambio y empezar a hablar de “estabilidad”. Estoy con Chesterton, ese autor que tantos citan pero tan pocos han leído…: “El niño necesita conocer las cosas que son fijas, no las que están cambiando: debemos enseñarle la belleza y no la moda”… Porque la vida misma es voluble. Y si el niño no ha asentado una base sólida, la corriente se lo llevará tarde o temprano. Ocurre en todos los ámbitos de la vida.

Porque creo que todo ser humano busca estabilidad. Y también creo que madurar comporta caer en la cuenta de la inestabilidad de nuestra existencia. A veces ese “caer en la cuenta” es traumático. Y precisamente, cuanto más frágiles nos descubrimos, más necesidad tenemos que aferrarnos a algo estable. Y con más intensidad lo buscamos. ¿Y cuál es el momento de mayor fragilidad del ser humano, la etapa que más necesidad tiene de estabilidad? Creo que es la infancia y juventud, esos momentos de maduración y de crecimiento por excelencia. Esas etapas que requieren de referencias y de referentes. Así que, en vez de fomentar el cambio y la continua adaptación, o en vez de pretender sacar continuamente a los niños de esa “zona de confort” tan poco definida, como predica la sacrosanta pedagogía competencial, quizá lo que debamos hacer sea exactamente lo contrario… Porque, queramos o no, el cambio siempre llega. Es ley de vida. Así que, ¿para qué afanarnos en buscarlo y adorarlo?

Ya hace unos cuantos siglos, se confrontaron las ideas de un par de tipos. Se llamaban Heráclito y Parménides. Para el primero, toda la realidad cognoscible era movimiento. Para el segundo, el verdadero conocimiento debía ser estable y sin fisuras, por lo que el movimiento no era más que “apariencia” de realidad. Eso es lo que se llama “extremos”. Y cabe señalar que la gran mayoría de los antiguos filósofos no se encontraba en ningún extremo: buscaban aquello que era estable dentro del movimiento. La reflexión viene de lejos… Aunque sólo añadiré una observación sobre los extremos: si se acepta como punto de partida (o como conclusión) que todo es movimiento e inestabilidad, jamás se buscará aquello que “permanece” al cambio. Así que resultará imposible construir algo. La reflexión en sí misma sería absurda.

Hace poco me escribió un antiguo alumno de cierto colegio que no deseo nombrar. Decidió dedicarse a la docencia. Y no le gusta demasiado lo que ve. Será que, aunque se ha formado en el siglo XXI, nació en el siglo XX y no se ha adaptado a los cambios… Con su permiso, reproduzco uno de los párrafos que me escribió: "cuando fui a [...] para salvar los libros de latín y griego que todavía se encontraban en la biblioteca, hallé un curioso libro titulado Los charlatanes de la nueva pedagogía que ataca de manera magistral y en sus fundamentos filosóficos e históricos la estupideces de los pedagogos actuales. El autor es un tal Lucien Morin. Parece ser que la última vez que a alguien se le ocurrió sacar este libro de la biblioteca fue en 1980. No es de extrañar que con el tiempo se haya llenado inevitablemente el colegio de charlatanes". 

Debe ser por eso que los charlatanes niegan el valor del conocimiento (es de lo que carecen) y debe ser por ello que temen a quienes lo poseen. Porque el que no tiene fundamento o se niega a buscarlo es un ser superficial. Y cualquier persona superficial, fácilmente se convierte en un charlatán. Para el charlatán, cualquier idea que “brille” es buena. Pero si hace suya “esa” idea, fácilmente se convertirá en un fundamentalista, pues al no tener ninguna más, la adorará. Incluso llegará a creer que es propia. Y si se juntan unos pocos charlatanes que comparten la misma idea… Es probable que el charlatán actúe de forma inmoral para imponer “su” idea, pues desde que decidió adorar al dios del cambio, el fin justifica los medios. Y como es incapaz de argumentar su postura, no le queda más remedio que eliminar a quien considera un oponente. Y como el charlatán es de por sí astuto, acostumbrado como está a aparentar… 

En general, creo que los fundamentalistas triunfan a menudo. Pero con el paso del tiempo, llegará el descubrimiento de la mentira... Tarde o temprano, cualquier charlatán es descubierto, cual “falso profeta”. Porque “ese tipo” de ideas suelen producir lo contrario de lo que prometen… No tienen recorrido porque carecen de fundamento. Y los efectos secundarios pueden ser destructivos. Porque muchas veces se descubre que ese “adaptarse al cambio” ha removido hasta los principios más sólidos que tenían esas instituciones que se pusieron en manos de charlatanes… Y si alguien pensaba que el problema ha desaparecido con “el charlatán” de turno, poco tarda en descubrir que los problemas más serios están por llegar. Porque cuando el charlatán se va, la devastación ya se ha producido. Y se pone de manifiesto el verdadero drama... 

Creo que este principio sigue siendo válido universalmente: para emprender cualquier cambio, es necesario poner los cimientos.
Feliz año nuevo.

martes, 26 de junio de 2018

“Tus alumnos te recordarán por ser quien eres”



“Tus alumnos te recordarán por ser quien eres, no por lo que sabes”. He leído cientos de veces esta frase. Es una de esas “frases hechas” que aparecen de forma recurrente en las redes sociales. No criticaré la frase en cuestión, pues creo que es verdadera. Lo que me preocupa es que esa frase se usa como un eslogan para desprestigiar el conocimiento. Como tantos y tantos pensamientos efímeros que pueblan las redes sociales. Desgranemos el sentido de la frase… 

Creo que “ser buena persona” o “gustar a los alumnos” no está reñido con “saber mucho”, imagino que todos estaremos de acuerdo. Sin embargo, creo que si un profesor no conoce mucho lo que enseña, da igual lo buena persona que sea, pues difícilmente logrará enseñar lo que no sabe... Y, en ese caso, mejor que se dedique a otra cosa. Porque un profesor que no enseña es un fraude para los padres que depositan en él la confianza. Y para los alumnos. Y, además, es un lastre para los compañeros de trabajo… Y es que no pasa nada por decir que la primera cualidad del profesor es que conoce y ama su materia. Además, cualquier profesor que intenta trabajar con profesionalidad es buen profesor, pues ya es honesto. Y creo que ser un buen profesor predispone a ese buen profesor a ser una  persona mejor, pues cualquier persona que procura realizar con profesionalidad y honestidad su trabajo, está siendo una buena persona, aunque no sea empática... Pero como hoy en día nos venden que el profesor tiene que “parecer” un tipo “guay”, “molón”, y que debe aunar en sí mismo todas las cualidades de la perfecta “inteligencia emocional” (todo eso de “asertivo-empático-simpático”,…), no parece que lo esencial, que es enseñar, sea importante… A todos los que empiezan a dar clase me gustaría decirles: que no os engañen, intentar “gustar” a los alumnos es una malísima estrategia para ser profesor, la peor posible… 

He repetido varias veces en este blog que la principal misión de un profesor es enseñar. Y se enseñan unos contenidos, es decir, unos conocimientos. Afirmar eso no es “ser un insensible” ni implica “despreciar las emociones” de nadie. Tampoco implica ser un “perezoso que no quiere salir de su zona de confort”, ni nada por el estilo. Tampoco es ser “mala persona”, en ningún sentido del término, ni un devorador de las emociones de los niños... Pensar de ese modo no está de moda y está desprestigiado: ese es el único problema de ser profesor y defender el conocimiento. Porque humildemente, considero que es de elemental sentido común afirmar que la primera misión de un profesor consiste en enseñar… Pero, como decía, poner el foco en los “contenidos” y “conocimientos” no implica “despreciar” a la persona a la que se enseña. Más bien implica lo contrario.

Y, para seguir profundizando, también he escrito cientos de veces lo siguiente: considero que todo profesor tiene que ser consciente de que es un modelo para sus alumnos. Es decir, que educa con su presencia en el aula, por el simple hecho de ser profesor. Educa incluso aunque no haya planificado ningún apartado en su asignatura sobre educación emocional ni haya concretado los valores que quiere transmitir por medio de lo que enseña… Educa “sin querer”. Porque, sea o no consciente de que es un modelo para los alumnos, el profesor lo es. Sin embargo, no creo que el profesor deba buscar “ser un modelo”. De hecho, creo que tampoco debe buscar “ser amado”, ni “venerado”, ni “llevarse super bien con los alumnos”, ni simplemente ser “recordado” por sus alumnos. Si ocurre todo eso, fantástico. Pero si no ocurre, igualmente fantástico. 

Y creo que es aquí donde hay que contextualizar la frase con la que he empezado este post: se puede planificar qué y cómo enseñar. Pero, para bien o para mal, las convicciones morales o personales no se planifican: se viven, si es que se tienen... Y si no se tienen, no se viven. Y si no se viven, resulta imposible transmitirlas… Es decir: el profesor transmite unos conocimientos. Pero su responsabilidad es tan grande, que también transmite unos principios, valores y convicciones. Sin embargo, y para que nos entendamos, cuanto menos piensa en esos valores, principios y convicciones, con más fuerza los transmite. Pues los principios, valores y convicciones se transmiten con la propia vida, con la vida de cada persona con nombre y apellidos, no por medio de los métodos, ni de los contenidos, ni de las instituciones, ni de los planes educativos o formativos, ni de los discursos, ni de los valores,... 

Así que, en conclusión, creo que ser recordado es algo que generalmente llega después del trabajo bien hecho. Aunque es bueno saber que muchas veces, tras el trabajo bien hecho jamás llega el reconocimiento… Pero llegue o no llegue, el profesor que trabaja bien ya ha cumplido con el cometido de ser un buen modelo para sus alumnos. Porque un profesor que se centra en enseñar su materia lo mejor posible, pondrá todos los medios para intentar ser justo, sincero, trabajador, puntual, honesto, ordenado,… Pondrá sus conocimientos al servicio de sus alumnos y se esmerará en preparar las clases, y en pensar el mejor modo de transmitir lo que desea enseñar, aunque se equivoque mil veces. Incluso innovará sin plantearse que está innovando… Y es probable que una personalidad así genere confianza en las personas a quienes honestamente intenta enseñar. Es decir,  transmitirá lo que vive sin necesidad de llenarse la boca con los sobrevalorados valores… Y entonces estará en disposición de ayudar también personalmente (desde su condición de profesor) a quienes se le acerquen. Y así es como se forja un modelo de conducta que no busca “gustar” ni ser aplaudido: por medio de la profesionalidad y de la excelencia (y coherencia) personal, no del buenrollismo narcisista…

Porque estoy de acuerdo: “Tus alumnos te recordarán por ser quien eres”. Sin embargo, creo que esta frase, expresada así, no necesita ningún añadido ni matiz: ya está completa.

martes, 29 de mayo de 2018

El fútbol y la educación




Cuando uno es profesor en el siglo XXI, dedicar parte de tu tiempo al deporte formativo es como respirar aire fresco. Porque uno puede apartarse de la “burbuja pedagógica” y entrar en contacto con la realidad del mundo. O, hablando claro, con la verdadera educación. Y es que la esencia del deporte es incompatible con esa pedagogía de moda que hace tiempo se ha impuesto en los colegios. En el mundo del deporte son imprescindibles ciertas palabras denostadas y malditas en la pedagogía posmoderna. Por ejemplo, palabras como disciplina, rutina, esfuerzo, repetición, competitividad,... Hoy dejaré a un lado la pedagogía (aparentemente): hablemos de fútbol. 

Por ejemplo, no pasa nada por afirmar que muchas cosas se aprenden o se adquieren por repetición. Sin ir más lejos, y le pese a quien le pese, cualquier hábito se adquiere por repetición: ¿alguien se atreve a negarlo? Pues he aquí una afirmación tajante: creo que los conceptos tácticos del fútbol se aprenden por repetición. Como las escalas con la guitarra… Podría discutir o matizar la afirmación, pero me resulta difícil negarlo. El tema está en que si nos quedamos en la mera repetición, no llegaremos a ningún sitio. Porque la repetición necesita un sentido, necesita ser interiorizada, ser hecha propia, necesita sobre todo un fin al que dirigirse,… Pero que necesite todo eso, no significa que la repetición sea mala en sí misma o deba desecharse por principio, ¿no? Y hay muchas más cosas que se aprenden repitiendo y practicando, una y otra vez…

Estoy seguro de que cualquier pedagogo "teórico" habrá dejado de leer en cuanto ha leído la frase en negrita. Quizá haya necesitado “rasgarse las vestiduras” ante tal anatema. Quizá habrá detenido la lectura sólo para recordarse a sí mismo que “la repetición” limita la creatividad o los talentos del pobre niño que juega a fútbol, ese niño que debe disfrutar del deporte, que sólo debería jugar para ser feliz, porque al niño no se le debe imponer nada, tampoco ningún estilo ni forma de jugar, que luego se traumatiza,... Y bla, bla, bla. Pero la repetición es un medio. Uno más. Creo que en el fútbol es un medio necesario. Sigo matizando en el siguiente párrafo... 

Si un entrenador quiere que un equipo funcione, necesita inculcar un cierto rigor táctico. Sí o sí: nuevamente el rigor táctico es un medio, no un fin. De hecho, cada entrenador intenta hacer amenas las repeticiones tácticas (que algunos llaman tal cual automatismos), tanto las básicas como las específicas de cada sistema. Y por más complejos o elaborados que sean los ejercicios, sólo cambia el contexto, no los movimientos, que se repiten una y otra vez... Y, a medida que se asumen y se interiorizan esas repeticiones, el jugador dispone cada vez de más recursos. Y cuantos más recursos posee el jugador, la toma de decisiones del jugador tiende a mejorar sobre el campo. Y eso no lastra la creatividad de nadie: porque el jugador creativo sólo puede salirse del guión cuando hay un guión establecido. Es más: esos jugadores “geniales” o “diferentes”, multiplican su creatividad cuando comprenden el orden táctico. Porque sólo cuando lo comprenden y lo asumen pueden “saltárselo” conscientemente, en los momentos adecuados, o hallar con más facilidad las deficiencias tácticas del rival. 

Aunque no pienso en ese tipo de jugadores “geniales” cuando escribo sobre la “repetición”. Sino que pienso sobre todo en todos aquellos jugadores con pocos recursos técnicos. No nos engañemos: esos jugadores son la mayoría, porque por más que nos empeñemos, la mayoría ni somos ni seremos genios, ni Einsteins, ni nada que se le parezca… Porque el rigor táctico ayuda a los jugadores con menos talentos a mejorar sus cualidades y prestaciones. Y así es como jugadores muy poco dotados técnicamente pueden destacar en un equipo, porque saben qué tienen que hacer en cada momento, tanto si tienen el balón como si no lo tienen: coberturas, permutas, basculaciones, apoyos, ocupar espacios,... Y, cuantos más jugadores asumen los automatismos tácticos, menor es la tendencia de un equipo a perder su sitio en el campo de fútbol. Y menos errores se cometen. Y mejor juega un equipo. Y mayor capacidad de rectificar posee el equipo cuando alguien “se sale del guión”. Y cuanto más crece el equipo, más progresan los jugadores a nivel individual… Es increíble todo lo que se logra a partir de la simple repetición, ¿no? Aunque recordemos: la repetición no es un fin en sí mismo, pero es necesaria para lograr ese fin… Al final, la constancia, virtud necesaria para el aprendizaje, da sus frutos. 

Y junto con la constancia, camina el esfuerzo… Porque un jugador que no se esfuerza, es un jugador que no aprende ni progresa. Y un jugador que no progresa, acaba siendo un lastre para un equipo. Pero sobre todo será un lastre para sí mismo... Y cuando un jugador no se esfuerza frente a otros veinte que sí lo hacen, no es discriminatorio ni “antidemocrático” dejar de convocarle o que juegue menos. Más bien es de justicia... ¿Hace falta que explique o razone estas afirmaciones?

¿Qué decir de la disciplina? Por un lado está la disciplina táctica, que ya he esbozado anteriormente. Pero por otro lado está la “rutina” o las “rutinas”, otra palabra muy necesaria en el deporte pero denostada en la pedagogía: porque la disciplina resulta especialmente valiosa cuando las ganas nos abandonan o decae la motivación, igual que en la vida misma. Y resulta que las rutinas ayudan a que los jugadores se disciplinen... A nivel individual y a nivel colectivo. Porque si un equipo no va “a una”, es decir, si no hay disciplina colectiva, no hay equipo. Y si no hay equipo, no hay fútbol... Los calentamientos, por ejemplo, son una rutina además de ser necesarios. Y no pasa nada por repetir a menudo las mismas rutinas. Es más: creo que es bueno. Porque esas rutinas, dejando de lado el aspecto físico o táctico, ofrecen dos cosas necesarias para el jugador, sobre todo cuando está en la adolescencia: seguridad y continuidad. Incluso se me ocurre una pregunta “puñetera”: ¿se puede “romper la rutina” cuando no existe una rutina? En fin…

¡Ay, y la maldita competitividad! ¡Qué mala es la competitividad! Pues no, no es mala. Es más: creo que es necesaria. Competir es aspirar a lograr un objetivo. Competir es aspirar a reproducir en el campo todo lo que se entrena, todo ello con el fin de lograr el objetivo que se ha marcado el equipo. Competir es superarse y mejorar. Y quizá conviene recordar que la finalidad de un juego es lograr un objetivo. En el fútbol ese objetivo consiste en marcar goles en la portería contraria y procurar no encajarlos en la propia. Así que ese objetivo se puede resumir en una palabra: lograr la victoria. Y si no existe el acicate de la victoria, ¿qué sentido tiene el juego en sí mismo? De hecho, se gane o se pierda, no se disfruta del juego si no se compite. Es más: si se compite y se pierde, normalmente el deportista acaba satisfecho con su esfuerzo. ¿Enfadado por la derrota? A veces sí, otras no. Pero si el deportista ha competido, siempre acabará satisfecho, que es algo diferente a las simples emociones de enfadarse o alegrarse. Porque competir es un medio para mejorar. Y uno sólo sabe si mejora o no cuando se enfrenta a un reto. Y el rival es el reto a superar... ¿Hay otra forma de saber si un equipo y sus jugadores mejoran? Además, el resultado no deja de ser un indicador, uno más, de si los jugadores y el equipo también mejoran o no. Y repito: competir no es “ganar caiga quien caiga”, sino “aspirar a ganar”. El único problema de la competitividad es convertir la victoria en un absoluto. Creo que no tiene más riesgos: porque la competitividad en sí misma es sana y necesaria.  

¿Jugar para “pasarlo bien”? ¡Claro! Pero pasarlo bien es una consecuencia de hacer las cosas bien… Quizá el problema consiste en que hemos olvidado esa obviedad hace tiempo. Porque sólo se hacen las cosas bien cuando se aprende. Y se aprende con esfuerzo, con constancia, mediante rutinas y repeticiones, con disciplina y rigor, compitiendo,… Todo con un sentido o una finalidad, pues esas cosas son medios. Y es entonces cuando se mejora, cuando se crece, cuando se disfruta de ese conocimiento adquirido, cuando uno está en disposición de adquirir más conocimientos,... Y también cuando se logran resultados. 

No diré nada sobre la escuela: pero así es en el fútbol.

miércoles, 2 de mayo de 2018

¿Educar "para la vida"?




Hace unos años, tuve a un compañero, maestro de primaria, que no paraba de explicar a todo el mundo las maravillas de sus proyectos super innovadores. A uno de ellos lo llamaba “la cesta de la compra”, y tenía que ver con la planificación de la compra y el cálculo matemático. Le escuché hablar mil veces de las bondades de ese proyecto y podría reproducir en qué consistía. Pero no viene al caso ni me parece de recibo. No sé si el método le iba bien o no: nunca me meto en el trabajo de los demás.

Pero durante un curso, ese maestro intentó poner en práctica sus proyectos en un aula de secundaria, aprovechando los famosos “créditos variables”. Estaba convencido del éxito de su proyecto. No profundizaré en su “puesta en escena”, pero lo cierto es que la experiencia no le fue muy bien. El profesor en cuestión no lo negaba, aunque achacaba aquellos fracasos a que los profesores de secundaria habíamos matado la creatividad de los niños. Parece ser que habíamos acostumbrado a los alumnos a la disciplina y por eso no eran capaces de “estar activos en el aula” cuando se rompía la monotonía. La conclusión menos polémica que saqué al respecto es la siguiente: parece que lo que entretiene a los niños en primaria no parece motivar del mismo modo a los “niños-más-creciditos” de secundaria. 

Pero basta de ironías: explico esa anécdota porque hace unos días me acordé de ese maestro y de su “cesta de la compra”. No suelo hacer la compra entre semana, pero hace poco fui a hacer la compra un viernes por la mañana. ¿Qué encontré en el supermercado? Un montón de niños que “hacían la compra”. Era una actividad escolar, “perfectamente integrada en el curriculum”, como me explicó una de las maestras que estaban allí, aclarándome que “no se trata de una salida cultural”. Debían ser criaturas de cuarto o quinto de primaria, no más. Iban por grupos, cada grupo con su carrito, su lista de la compra, y su calculadora. Las profesoras se encontraban en un punto concreto desde el que resolvían las dudas a sus alumnos. No sé cuánto tiempo estuvieron realizando la actividad, pero ya estaban cuando llegué, y allí seguían cuando me fui. Había poca gente en el supermercado, aunque los críos se portaron muy bien, e incluso pedían perdón cada vez que atropellaban a alguien.
 
No opinaré sobre pedagogía ni sobre esa actividad en concreto. Seguro que posee sus ventajas pedagógicas. Como mínimo, la actividad cumplía con lo que demandan los cánones posmodernos: los niños parecían felices, contentos y motivados con la actividad. 

Pero vayamos de una vez al “quid” de la cuestión. Porque se oye a menudo que “la escuela debe educar para la vida”. No sólo eso, sino ahora se insiste en que debe ser “la vida misma”. Nunca he entendido por qué motivo se repiten estas frases hasta la saciedad. Pues creo que la escuela, de un modo u otro siempre ha educado “para la vida”. Y, que yo sepa, en mi caso formó parte de “la vida misma” al menos durante la escolarización… 

Se me ocurren dos motivos por los que se dicen estas cosas. El primer motivo es un prejuicio que procede de esa idea que sir Ken Robinson ha logrado implantar en el imaginario colectivo: que la escuela no responde al modelo social actual. Así que hay que cambiar el paradigma para adecuarse a la vida tal y como la entendemos ahora. Y como el modelo a seguir es, por ejemplo, la empresa de espacios abiertos Google o el espíritu emprendedor, pues ahora hay que poner sofás en las aulas o hacer proyectos según los intereses del niño, que así se convertirá en un súper emprendedor. Entienden eso como adecuarse a la vida… No tengo ganas ni siquiera de intentar esbozar una crítica a este motivo.

El segundo motivo me parece más interesante y realista: muchos de quienes afirman estas cosas pretenden incorporar a las actividades escolares aprendizajes o situaciones que siempre han pertenecido a otros ámbitos. Dado el mundo en el que vivimos, resulta complicado que los niños tengan experiencias “auténticas”, pues todo viene “empaquetado” y muchos padres no tienen tiempo para realizar ciertas actividades “para la vida” con sus hijos. Ya se han ido los 80’s, esa época en la que salíamos de casa para picar a los amigos, y nadie se preocupaba por regalarnos un móvil para que llamáramos cada media hora informando de que estábamos vivos… En pocas palabras: que recuerdo haber acompañado cientos de veces a mis padres al mercado. Y debe ser por eso que jamás he echado en falta “hacer la compra” en horas lectivas.

Este segundo motivo tiene cierto fundamento. De hecho, me parece bien estar abierto a “incorporar experiencias”, siempre y cuando se subordinen a lo académico. Muchas veces no se quedan en simples experiencias, sino que también pueden ayudar a ampliar horizontes o a despertar inquietudes. Pero también tengo claro que incorporar esas experiencias no implica que “el curriculum las asuma”. Ni tampoco que deban “evaluarse”. Ni siquiera se me ocurriría considerar que “esa actividad” en el supermercado sea en realidad una “clase moderna de matemáticas”. Porque no lo es. Si acaso, acepto llamarla “práctica aplicada de la suma”, pero no “clase de mates”…

Que la escuela asuma actividades que los niños siempre han hecho en otros ámbitos no equivale a que la escuela deba “educar para la vida”. Básicamente porque los primeros educadores de cada niño no son las escuelas, ni el Estado, ni ninguna otra institución. Por magníficas que sean las intenciones de todos. A quienes les corresponde “educar para la vida” en el sentido que predica la pedagogía moderna es a los padres. Y sé que muchos no alcanzan a realizar esa tarea: la vida es muy compleja. En todo caso: abogo por la conciliación. Si no es posible, comprendo que las escuelas intenten compensar esa carencia e incluso aplaudo ciertas iniciativas. Pero sin olvidar que, en ese caso, esa no es la principal misión de la escuela. Y también que actúa como “sustitutivo”.