Con la excusa de adaptarse a los
nuevos tiempos, muchos colegios se lanzan a llenar sus aulas con ordenadores,
ipads o dispositivos de cualquier tipo. Incluso algunos han defendido
públicamente el uso de los móviles en las aulas, aunque nunca concretando cómo.
Lo más curioso del asunto es que aún no he encontrado ni he leído ningún
argumento serio, razonado o con base científica para defender el uso de tales
dispositivos en la enseñanza. Sin embargo, existen numerosos estudios que
desaconsejan ese uso masivo que nos invade.
Nunca me he opuesto al uso de la
tecnología en el aula. Es más, considero que puede enriquecer algunas sesiones,
clases o explicaciones, aunque mi experiencia se reduce a la secundaria. En la
primaria desterraría todo aparato digital. Lo que no entiendo es la obsesión
generalizada por digitalizarlo todo: apuntes, ejercicios (ahora interactivos y
en forma de juego), la sustitución de los libros por dispositivos, o la
dependencia del dispositivo para todas las actividades.
Algunas razones antropológicas o
científicas por las que me opongo a ese uso masivo se pueden encontrar en la
red, como en este enlace: http://www.huffingtonpost.es/cris-rowan/10-razones-por-las-que-se_b_4965723.html.
Aunque para razones más elaboradas y mejor explicadas, podríamos leer dos
libros fantásticos que aportan motivos sólidos y de sentido común para rechazar
esa imposición tecnológica que padecemos en las aulas:
Educar en
la realidad, de Catherine L’Ecuyer (Plataforma editorial)
Demencia
digital, de Manfred Spitzer (Ediciones B)
El
uso de tales artilugios en las aulas tampoco aporta nada a la enseñanza.
Existen múltiples motivos, aunque sólo apuntaré algunas de las muchas razones:
- La educación
no se reduce a los resultados, pero éstos también importan. Y con la tecnología
no mejoran: “Un uso limitado del
ordenador en el colegio puede ser mejor que no usarlo nunca. Sin embargo, un
uso del ordenador en el colegio por encima de la media de la OCED (España está
por encima de la media) da resultados significativamente peores”. (p. 148,
Informe OCED).
- El niño está
más atento al aparato que al profesor o sus compañeros y las aplicaciones le
distraen. Limitan la atención y también la voluntad, pues sustituimos el
esfuerzo por escribir con un “click”. Explican los expertos que la nueva
generación Z es impaciente, pues desea resultados inmediatos, y les cuesta
prestar atención. Una cosa es la concentración, y otra que la pantalla te
“hipnotice”.
- Se suele
decir que el dispositivo abre al alumno un mundo de información ilimitada. Pero
no es el cacharro quien lo hace, sino Google. Sin embargo, poder acceder a más
contenidos y por más ricos que éstos sean, no implica conocerlos. Google aporta
información, pero profundizar, ampliar, discernir o generar espíritu crítico es
cosa de las personas (digamos que del profesor), no de la máquina. Y creo que,
antes de aprender el uso del mundo virtual para comunicar ideas, hay que tener
ideas.
- Está también
la falacia de la motivación… Pero no distinguimos entre motivación externa (la única que ofrece el dispositivo) e interna. Además, cuando el niño se acostumbra al cacharro,
¿le sigue motivando igual? Porque la novedad dura poco: “Lo mucho se vuelve poco con desear otro poco más” (Quevedo). Si la
motivación de un niño por aprender tiene que depender de un ipad, estamos
listos.
Finalmente,
podríamos preguntarnos: ¿sirven los dispositivos para educar? Creo que la
respuesta es evidente: el dispositivo sólo es un medio, pues educamos las
personas.




