EDUCACIÓN Y SENSATEZ

La educación, al menos desde que el gran pedagogo Sócrates intentara alcanzar la sabiduría provocando partos entre sus discípulos y detractores, siempre se ha producido por la interacción entre los seres humanos, por el encuentro del sabio con el ignorante, del instruido con el inculto, del versado con el iletrado, o, en resumen, del maestro con el alumno.

martes, 14 de febrero de 2017

¿Existe el derecho a la felicidad?




Actualmente, uno de los principales mandamientos en el mundo de la educación es que los niños tienen que ser felices en el colegio. Ya hablé en esta entrada sobre la dificultad que tenemos para definir qué es la felicidad, y también sobre el tipo de felicidad que tanto se predica para los niños en las escuelas. Ahora toca discernir si es realmente cierto que los profesores tenemos la obligación de que los niños sean felices.

En el Título I de la Constitución española, relativo a los “Derechos y deberes fundamentales”, no se dice que los ciudadanos tengamos derecho a la felicidad. En el artículo 27 se habla específicamente del derecho a la educación, pero no aparece la palabra “felicidad”. Podemos consultar también la Declaración Universal de los Derechos Humanos, y tampoco encontraremos la palabra “felicidad”. De hecho, el único documento que conozco sobre derechos o libertades en el que se habla de la “felicidad”, es la Declaración de independencia de los EEUU. Se dice en el preámbulo que el ser humano tiene derecho a “buscar la felicidad”. En todo caso, “buscar la felicidad” no equivale a “ser feliz” o a que “me hagan feliz”, sólo a buscar la felicidad. Porque, por mucho que nos empeñemos, no existe el derecho a la felicidad, como explicaba C.S. Lewis: “El concepto ‘derecho a la felicidad’ me parece tan extraño como el derecho a tener buena suerte”. 

A todos nos gustaría que los niños fueran felices en el colegio. Sin embargo, “la expresión ‘derechos del hombre’ no quiere decir: lo que a los hombres les gustaría tener” (F.J. Sheed, Sociedad y sensatez). Si entendemos que un derecho es una libertad que el Estado, una autoridad competente o la sociedad deben garantizar, creo que todos estaremos de acuerdo en que nadie puede garantizar nuestra felicidad. Por tanto, tampoco los profesores podemos garantizar la felicidad de los niños en el colegio. En ese caso, ¿por qué se nos exige a los profesores que nuestros alumnos sean felices? ¿Por qué tantos afirman que la principal misión de los profesores es que los niños sean felices? 

Quizá la respuesta a estas preguntas la encontremos en esta cita: “Si deseas ser aplaudido en una convención educativa, utiliza tópicos sentimentales sobre los sagrados derechos del niño, resaltando especialmente su derecho a conquistar la felicidad por medio de la libertad”. Puede parecer una crítica a cualquier gurú actual de la educación. Pero esto lo escribió en 1934 William Chandler Bagley (extraído del blog de Gregorio Luri, El café de Ocata). Y se ha repetido tanto que los profesores tenemos la obligación de hacer felices a los niños, que al final nos lo hemos creído todos. 

Como profesor, pondré todos los medios a mi alcance para que los alumnos estén a gusto en la clase o en el colegio. Pero ni yo ni nadie podemos garantizar que estén a gusto o que no haya problemas. Aunque personalmente pondré todo mi empeño en atender y querer a cada uno mis alumnos, tampoco puedo garantizar que podré atenderlos a todos en toda su dimensión y con todos sus problemas, ni tampoco que cada uno de mis alumnos se sentirá querido. Creo que dedicar continuamente “halagos”, “cumplidos”, “frases positivas” o saludos personalizados a los alumnos, no es quererles. Podría hacerlo, sin embargo eso tampoco aumentará la autoestima de los niños, por más creativos o personalizados que sean los halagos o los saludos. Procuraré enseñar con el mayor entusiasmo, y haré todo lo posible por despertar la curiosidad o el deseo de aprender de mis alumnos. Pero no puedo garantizar que mis alumnos adquieran motivaciones profundas y personales o que estén siempre motivados. Tampoco puedo garantizar que se lo pasen bien en todo momento o que todas las clases sean super-divertidas, aunque ningún profesor tiene esas obligaciones. Puedo poner en marcha las metodologías más “innovadoras” que me ofrece el mercado. Pero en este caso, ni siquiera puedo garantizar que los niños aprendan… Sin embargo, aunque todos los profesores hiciéramos todas estas cosas, aunque nos pasáramos el día con un saludo en la mano y una sonrisa en la cara, tampoco podríamos garantizar que los niños serán felices en el colegio.

Si el fin último de la educación es buscar la perfección o plenitud de la que es capaz cada ser humano, es cierto que educamos para la felicidad. Pero creo que ahí está la confusión: “educar para la felicidad” no equivale a que los niños “sean felices” en el colegio. En realidad, confundimos “felicidad” con “hacer la vida agradable a los niños”. Y olvidamos que el “bienestar emocional” de los niños no está reñido con exigirles. Es más: si no hay exigencia, ese pretendido “bienestar emocional” tan sólo es superficial y no ayuda al niño. Pues, por ejemplo, nos recuerdan los cásicos que, si no crecemos en virtud, no podemos alcanzar una vida plena. El profesor no inocula la virtud por medio del método ni de las emociones positivas. Y la virtud tampoco crece por ciencia infusa, pues crecer en virtud es tarea de cada persona. Y si no hay exigencia, es difícil que haya esfuerzo por crecer.

Creo que “educar para la felicidad” equivale a “ayudar a cada niño a hacer realidad lo mejor de él” (Erich Fromm). Y para ayudar a los niños no podemos limitarnos a procurar su “bienestar emocional”, sino también a buscar el desarrollo de las capacidades intelectuales. Así como fomentar el esfuerzo, el trabajo y la dedicación. Por parte del maestro, sí, pero sobre todo por parte del alumno. En ese sentido, decía Gregorio Luri: “Como seres humanos nuestro deber no es ser felices, es desarrollar nuestras capacidades más altas”. Porque, si ponemos nuestro principal esfuerzo en que los niños aprendan, y por medio del aprendizaje desarrollen esas capacidades, hay más posibilidades de que cada niño pueda hacer realidad lo mejor de él. Y, por tanto, hay más posibilidades de que cada niño alcance la felicidad. En palabras de Alberto Royo: “Un alumno va a tener más posibilidades de realizarse siendo una persona culta que un ignorante”. Sin embargo, es necesario recordar que ni siquiera de ese modo podemos garantizar su felicidad al terminar la etapa educativa. Porque buscar y alcanzar la felicidad nunca ha sido una tarea escolar, sino que se trata de una tarea personal.

4 comentarios:

  1. A mi parecer esta corriente nace de una queja: pensar que la influencia externa (educación, ámbito social o status económico) es mayor al poder de decisión; una queja que trata de justificar el fracaso personal eludiendo la responsabilidad que implica ser libre. Y lo que es mucho peor, eludiendo la verdadera libertad de los niños que nos toca educar.

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  2. La típica respuesta autoritaria del "progresismo". Acusar al autor y a quienes lo acompañamos en sus ideas de un supuesto "fracaso personal", o de "eludir la libertad de los niños" (!!?). Es mucho más profundo que una simple "queja" - en mi opinión va camino de ser una ruptura epistemológica, de ahí la furia con que se defiende el paradigma aún vigente-, pero más fácil resulta descalificar y acusar al autor de lo que no es. Lea bien: "Como profesor, pondré todos los medios a mi alcance para que los alumnos estén a gusto en la clase o en el colegio". Es lo que hacemos a diario, pero no hay peor ciego que el que no quiere ver

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    1. La acusación no es hacia el autor sinó hacia los promotores de paradigmas edulcorados que, estimo, están basados en un fracaso personal no asumido, basado en la elusión de la ineludible libertad personal de escoger, para mal, para bien o para mejor.

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    2. Respecto a la ceguera, prefiero al ciego que no quiere ver que al tuerto que cree que sabe leer. Al fin y al cabo también podemos escoger para mal o para peor.

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