EDUCACIÓN Y SENSATEZ

La educación, al menos desde que el gran pedagogo Sócrates intentara alcanzar la sabiduría provocando partos entre sus discípulos y detractores, siempre se ha producido por la interacción entre los seres humanos, por el encuentro del sabio con el ignorante, del instruido con el inculto, del versado con el iletrado, o, en resumen, del maestro con el alumno.

martes, 24 de enero de 2017

Igualitarismo en la educación



La idea de fondo de la escuela inclusiva es buena: procurar que todos tengan las mismas oportunidades e intentar que se atiendan las necesidades de los alumnos con dificultades. Creo que es algo en lo que todos estamos de acuerdo, aunque en realidad se nos faciliten tan pocos medios para llevarlo a cabo. Sin embargo, junto a esa idea que se introdujo con la LOGSE, se nos coló otra que no es tan buena, y la hemos ido asimilando sin darnos cuenta: el igualitarismo.
El igualitarismo es una tendencia que procede de las ciencias sociales. Parte de la idea marxista de que la sociedad es injusta porque favorece a las clases privilegiadas. La pedagogía posmoderna y la denominada “nueva educación” han interiorizado esta idea y la han aplicado a la escuela, extrapolando la siguiente conclusión: los alumnos con menos aptitudes son los más desfavorecidos y sufren por ello la represión de los profesores, pues éstos los dejan de lado, otorgando los privilegios y la atención sólo a los alumnos inteligentes. Por tanto, la escuela es opresora y hay que arreglar la injusticia. El igualitarismo, además, da por supuesta la clásica idea naturalista defendida por Rousseau del “buen salvaje”: el niño llevaría en sí todo lo que hace falta para educarse a sí mismo, y es la sociedad injusta la que interfiere en su educación y hace malo al hombre.
Ya en 1958, C.S. Lewis describió en su obra El diablo propone un brindis en qué consiste esta tendencia aplicada a la educación. El autor pretende hablar en boca del diablo, de ahí el cinismo y el desprecio en el tono, o el uso de algunas palabras que omitiría si no transcribiera literalmente:
El principio básico de la nueva educación ha de ser evitar que los zopencos y ociosos se sientan inferiores a los alumnos inteligentes y trabajadores. Eso sería «antidemocrático». Estas diferencias entre los alumnos -por ser obvia y claramente diferencias individuales- se deben disimular (…). En las escuelas, los niños torpes o perezosos para aprender lenguas, matemáticas o ciencias elementales pueden dedicarse a hacer las cosas que los niños acostumbran a realizar en sus ratos libres. Déjenlos hacer pasteles de barro, por ejemplo, y llámenlo modelar. En ningún momento debe haber, no obstante, ni el más mínimo indicio de que son inferiores a los niños que están trabajando (…). Los niños capacitados para pasar a una clase superior pueden ser retenidos artificialmente porque los demás podrían sufrir un trauma -¡por Belcebú, qué utilísima palabra!- al sentirse rezagados. Así pues, el alum­no brillante permanece democráticamente encadenado a su grupo de edad a lo largo de toda su carrera escolar. (…) Todos los incentivos para aprender y todas las consecuencias negativas por no hacerlo se evitarán, y a quienes desearan aprender se les impedirá hacerlo. ¿Quiénes son ellos para descollar sobre sus compañeros?”.
Las diversas leyes de educación han seguido una serie de pautas para alcanzar ese igualitarismo. Porque parece que “bajar el listón” para que todos alcancen el nivel, se ha confundido con la verdadera “igualdad de oportunidades”. Posiblemente la medida más profunda y dañina haya sido dejar de insistir en los conocimientos y hacerlo en las competencias. En lenguaje pedagógico: lo importante ya no es aprender, sino “aprender a aprender”. De ese modo, se diluye cualquier diferencia que pudiera darse entre alumnos a causa de la inteligencia o de la capacidad de cada uno para aprender. No resulta extraño: el conocimiento y la asimilación de contenidos son relativamente fáciles de evaluar y pueden llevar a la comparación entre alumnos, por lo que resultan sospechosos de ser injustos. Las competencias, en cambio, se evalúan de un modo muy subjetivo. De ahí, por ejemplo, la insistencia en cambiar los métodos de evaluación con el fin de que el alumno sólo se compare consigo mismo y con “su propia progresión”. En la enseñanza, parece ser que el conocimiento, el esfuerzo o el mérito se han convertido en términos “clasistas” y “elitistas”. Quizá deberíamos escuchar más a personas como Gregorio Luri: “La escuela fue creada para separar lo culto de lo inculto, para desarraigar a los niños de los más inculto de su medio social”.
Curiosamente, el igualitarismo imperante insiste en la “individualización” de la educación, seguramente por ese motivo va de la mano con el constructivismo. Sin embargo, la individualización que persigue esa visión igualitarista enfoca toda la educación desde el punto de vista de los alumnos con dificultades, pues son los “desfavorecidos injustamente”. Pero la individualización de la que se habla sólo se refiere a la instrucción y, por tanto, a las metodologías: no es una “personalización” de la educación o de la enseñanza, como pretende venderse tan a menudo. Por ese motivo se habla tanto de las metodologías basadas en el juego o la diversión, en que “cada alumno se centre en sus intereses”, o en que el niño “construya de manera autónoma su propio conocimiento”. O se considera, por ejemplo, que un Ipad por alumno garantiza una educación individualizada, cuando lo máximo que consigue es una “educación digitalizada”. Curiosamente, buscando esa “individualización”, se acaban estandarizando metodologías “democráticas” para todos. Porque lo importante ya no parece ser aprender, sino compartir el conocimiento, aunque no se sepa nada. De ese modo, evitamos toda posible comparación. Con estas premisas, cada uno “explotará sus propios talentos” porque por lo visto “todos los niños pueden ser Einstein”. Y se acabará la injusticia y la opresión en las aulas... Sin embargo, esas formulaciones son utópicas. Y creo que equivalen a engañar a los alumnos. A ellos y a sus padres. Lo explicaré en otra entrada.
Existe una idea muy peligrosa que es el resultado de la unión entre el igualitarismo con el constructivismo pedagógico: si cada alumno construye su propia verdad y si todos deben ser atendidos justificando su peculiaridad individual, resulta complicado (por no decir imposible) enunciar valores morales que tengan validez para todos los alumnos. Por ejemplo, está de moda la técnica de “resolución de conflictos” en que, dado un problema o enfrentamiento, hay que llegar a un acuerdo intermedio. Ya no importa el criterio de verdad o la culpabilidad (o responsabilidad) personal: sólo alcanzar un acuerdo de “buen rollo” en el que nadie es realmente responsable de nada. La consecuencia a nivel de convivencia no es otra que el relativismo total. La siguiente cita de Inger Enkvist puede servir para ilustrar esta idea, tan extendida en los colegios, y tan sufrida en la práctica por los docentes:
Parece que la convivencia que se propone no está relacionada con el trabajo bien hecho (…) sino [que es] una convivencia fundamentada en la única consigna de no herir los sentimientos del compañero o alumno, ¡aunque éste se porte mal! Un alumno puede negarse a obedecer y a trabajar, y aún así tener derecho a estar en el aula molestando a los demás sin que nadie se atreva a criticarlo, porque el que critica es acusado de intolerante” (Educación, guía para perplejos, ed. Encuentro, pg. 17).
Creo que se ha desvirtuado la idea de “escuela inclusiva” hasta convertirla en una burda caricatura: en ese igualitarismo que ya hemos asumido como algo normal en las aulas. De ese modo, en la práctica, la “atención a la diversidad” se ha convertido en una forma de justificar cualquier actitud o comportamiento, en una educación basada tan sólo en “comprender” a cada alumno y ofrecerle, como si fuera lo mejor que podemos darle, toda nuestra empatía... Parece que en la educación tengan más valor las “buenas intenciones” que el aprendizaje. Asimismo, hemos bajado la exigencia hasta casi eliminar el esfuerzo personal, hemos negado a los buenos estudiantes el mérito del trabajo bien hecho, y hemos recortado de conocimientos los currículums para que “todos alcancen el nivel” y para que “nadie se sienta discriminado” si no lo alcanza. Pero eso no equivale a ofrecer “igualdad de oportunidades”, sino que se trata más bien de la eliminación de toda oportunidad. La escuela ya no es un ascensor social. Porque creo que democratizar la educación no equivale a “igualar por abajo”, que es lo que en realidad ha ocurrido en los últimos años.
Esta es la conclusión de C.S. Lewis al respecto: “En una palabra: podemos esperar razonablemente la abolición virtual de la educación cuando la idea del ‘soy tan bueno como tú’ se haya impuesto definitivamente”. Aunque soy optimista: creo que el “igualitarismo” tan sólo es una tendencia que ya dura demasiado, y se nos pasará tarde o temprano.

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