EDUCACIÓN Y SENSATEZ

La educación, al menos desde que el gran pedagogo Sócrates intentara alcanzar la sabiduría provocando partos entre sus discípulos y detractores, siempre se ha producido por la interacción entre los seres humanos, por el encuentro del sabio con el ignorante, del instruido con el inculto, del versado con el iletrado, o, en resumen, del maestro con el alumno.

lunes, 27 de febrero de 2017

El amor y la educación



Los griegos distinguían tres tipos de amores: eros, philia y ágape. Eros es un amor pasional, breve pero intenso, que ofrece lo agradable o el placer. Philia es un amor recíproco, de mutua admiración. Es un amor que une a las personas para ir juntos en una dirección. Ágape es un amor desinteresado, de entrega, incondicional, donde la gratificación está en darse a los demás. También existe el término storgé para referirse al amor familiar.
En su obra Los cuatro amores, C.S. Lewis distingue en un primer momento dos formas de amar. Por un lado, el amor necesidad es aquel que precisa ser correspondido: amo a alguien porque tengo la necesidad de amar y de ser amado. Por otro lado, está el amor dádiva, aquel en que sólo se busca el bien del otro. Más adelante, distingue cuatro amores, según la relación que se establezca entre las personas: el afecto, la amistad, el amor erótico, y la caridad. De todos ellos, llega a la conclusión de que el único amor que puede calificarse plenamente como dádiva es la caridad.
Daniel Pennac concluye en su libro Mal de escuela que la clave para educar bien es el amor. Y estoy de acuerdo. El asunto está en qué tipo de amor es el que se establece entre profesor y alumno. Lógicamente, la relación profesor-alumno no es eros. Tampoco es philia, pues por más que nos empeñemos, no se trata de una relación en la que se produce esa reciprocidad. Aunque un profesor que despierta el interés de sus alumnos, despierta un eros: una pasión o deseo por aprender. Sólo si persiste ese interés por la materia, algo que depende más del alumno que del profesor, se puede llegar a compartir intereses, y alcanzar una philia o amor de amistad. Pero la relación de amor parte siempre del profesor hacia el alumno. Es un amor desinteresado, un ágape, donde el profesor pone todo de su parte para sacar de cada alumno lo mejor de él. El amor del profesor por sus alumnos siempre se acercará más a la dádiva que a la necesidad. El buen profesor no necesita abrazar a sus alumnos, dedicarles saludos personalizados ni recordarles lo maravillosos que son. Porque ágape es darse, no gratificar al niño o buscar la propia gratificación. Por otro lado, la relación del alumno con el profesor no suele pasar de ser una relación de afecto. Porque “el afecto es lo que enseña al hombre a observar a las personas que simplemente están ahí, luego a soportarlas, después a sonreírles, a gustar de ellas y, finalmente, a apreciarlas” (C.S. Lewis). Aunque puede ser que el alumno realice algún que otro acto desinteresado por su profesor.
Dicen que el trabajo de profesor es muy gratificante. Lo es en el sentido de que el profesor se entrega, y eso llena mucho. Pero raras veces el profesor obtiene algún beneficio inmediato por su labor más allá del sueldo. Con el tiempo, obtiene el reconocimiento y la lealtad de sus alumnos. Pero cuando el profesor ha logrado ese estatus, es cuando sus alumnos se van y llega una nueva horda con la que trabajar. El trabajo del profesor que pretende enseñar y educar no es un idilio constante, sino más bien al contrario. Porque educar es una ardua tarea. Cuando alguien dice “soy profesor de secundaria”, la mayoría de personas sonríen con picardía y dicen: “¡Qué morro, cuántas vacaciones!”. A lo que se puede responder: “Pues hazte profesor”. Y entonces esas mismas personas callan o admiten la realidad: “Hay que tener valor para entrar en un aula”.  
Consideramos que un profesor es mal profesor cuando se limita a dar la lección y a evaluar al alumno. Estoy de acuerdo en que ese tipo de profesor no es lo deseable. Sin embargo, por mucho que critiquemos esa realidad, no es algo reprobable en sí mismo. Si lo pensamos fríamente, ese profesor hace exactamente lo que le exige el sueldo que cobra, ni más ni menos. Y las causas de su limitación o de su desazón personal pueden ser muchas. Pero hay profesionales con mentalidad funcionarial en todos los ámbitos: no sé de qué nos extrañamos cuando los encontramos en la enseñanza.
Sin embargo, creo que la mayoría de profesores tienen algo de ágape en su manera de trabajar, pues la profesionalidad ya es una forma de entrega. He aquí la gradación que se me ocurre. Un profesor que procura enseñar lo mejor que sabe, está sirviendo a sus alumnos y a la sociedad. Un profesor competente, ofrece además su tiempo y recursos a los alumnos. Un buen profesor da un paso más y busca desinteresadamente el bien de sus alumnos. El profesor excelente es quien, además de todo eso, se entrega y se ofrece a las personas sin esperar nada a cambio. Un profesor excelente es una persona que domina bien su materia, que pone su conocimiento, sus capacidades y su persona al servicio de los alumnos, que comunica y llega a sus alumnos, primero a su cabeza y después al corazón, que llena el alma pero no la invade. Es alguien que exige mucho y saca de sus alumnos lo mejor de ellos, a todos los niveles. Pero a su vez, es también una persona muy humana y cercana, que suele estar disponible. No va detrás de sus alumnos, son los alumnos quienes le siguen a él. No necesita imponerse, pues su dominio de la materia le concede autoridad. E inspira confianza porque respeta a sus alumnos, puesto que también es coherente. Un profesor excelente es un maestro. Y a eso se le llama excelencia personal. Pero, por muy vocacional que sea el trabajo de profesor, no podemos exigir a todos los profesores una excelencia personal que no abunda precisamente en nuestra sociedad. Antes de decirle a un profesor que es mal profesor porque no es como desearíamos, creo que deberíamos mirarnos primero al espejo y pensar sinceramente si estamos a la altura personal de lo que pedimos.
Como he intentado mostrar, el ágape no es un sentimiento o una emoción, aunque la afectividad siempre estará presente por el simple hecho de que somos seres humanos. Ese ágape es algo más profundo. No se trata de una sublimación del eros o de la philia, ni tampoco de un estado superior a ellos. Pues creo que el ágape asume y eleva a eros y a philia, no los elimina. Sin embargo, más que un logro personal creo que es una “gracia” o un don, como diría Simone Weil. Porque la forma más elevada de amar es donación. Y algo así requiere una actitud o una disposición interior, así que esa entrega se adquiere poco a poco. Creo que, sobre todo, se adquiere gracias al trabajo bien hecho.
Creo que los mejores profesores de un colegio generalmente son los que no salen en la foto, quienes no hacen ruido, quienes no alardean de sus logros o de sus innovaciones, quienes no necesitan “estar a la última” para hacer su trabajo. No suelen llevarse ningún reconocimiento, pero siempre se espera que hagan lo que deben. Son silenciosos, discretos, trabajadores y profesionales. Y lo son porque se dedican a su labor en cuerpo y alma. No necesitan proclamar al mundo lo bien que hacen las cosas. Por ese motivo me preocupa tanto la proliferación de gurús y de vendedores de metodologías “mágicas”. Si queremos que los colegios estén llenos de profesores excelentes, más vale que abandonemos el humo del márketing educativo, que alejemos el foco mediático de los colegios, y que dejemos de aplaudir las excentricidades “políticamente correctas” que proceden de pedagogos teóricos o de especialistas en “no-se-sabe-qué” que nunca han pisado un aula o que sencillamente han huido de ella.
Porque cuando un profesor toma conciencia de la responsabilidad que conlleva su profesión, no se preocupará por cuánto innova ni estará pendiente de “lo último” en educación; no se obsesionará con métodos o evaluaciones, ni tampoco se desvelará por los resultados, aunque los tenga presentes; no necesitará ningún aparato para motivar al alumno, y le dará igual si tiene tiza, pizarras digitales o tan sólo una pared de ladrillo; no dependerá de metodologías excéntricas, ni perderá el sueño pensando en si es tradicional o moderno; le importará muy poco si hay o no libro de texto, libro digital o fotocopias; no perderá el tiempo en estudiar técnicas para empatizar con los alumnos, ni tampoco en identificar sus múltiples inteligencias; tampoco le importará demasiado si cae bien o mal a todo el mundo, ni lo que piensen de él, ni estará pendiente de los “feedbacks” del consejo de dirección; incluso le dará igual si reconocen o no su trabajo. Un verdadero profesor tan sólo necesita un aula llena de alumnos. Todo lo demás, lo lleva en su interior.

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